Nostalgia de la Ciudad Dorada del futuro/ Esperanza en las voces del pasado
Si el ser humano, como ente objetivable, vive preso del tiempo, aquellos que sean capaces de detener el tiempo serán liberados y podrán contemplar el mundo desde una perspectiva ultramundana. Eso sólo lo logran los visionarios, es decir, líderes que pueden escuchar la "voz de los dioses", portadores del fuego de Prometeo, apóstoles de la Verdad o servidores de Dios. Tales visionarios irrumpen en la historia cuando la corrupción, la idolatría y la decadencia moral imperan en sociedades que requieren un cambio profundo, y saben mirar al futuro desde la Tradición de los ancestros. Ahora bien, César Catilina (Adam Driver) sueña siendo parte de lo mundano y de la hipnosis ejercida por Venus, la "diosa" encarnada en mujeres perversas o en las distintas drogas, en este caso la prostituta de Wall Street, ante la cual se aparta inspirado por su misión; la creación de un nuevo mundo, del cual Megalópolis es el primer brote esperando a florecer y ocupar el espacio y el tiempo de Babilonia de cara a un nuevo Tiempo. No en balde, el megalón, que en la película aparece definido como material tecnológico imperecedero, representa el tejido de la Eternidad empezando a ser parte constituyente del mundo presente. No sólo construye una nueva y diferente ciudad, sino una nueva conciencia y una nueva forma de vivir. Parece que pocos se dan cuenta de que no estamos ante una distopía al uso, sino de una conquista de la misma para la edificación de la Jerusalén celestial, la ciudad de Dios, la ciudad dorada, el mundo utópico donde la humanidad vivirá para crecer en cuerpo y en espíritu, para la cultura y la expansión de la Conciencia. Y ¿cómo hacer para que el tejido de la eternidad pueda invadir la realidad presente?. La película nos refiere a dos fundamentos básicos: el respeto a la tradición, al matrimonio que nos salva de la Venus perversa, y a la unión con la Eva de turno, la mujer junto a la cual detener el tiempo y entrar en el Jardín del Edén, el cual, ante las resistencias sociopolíticas y culturales del mundo presente, solo puede ser contemplado (materializado) con los ojos del alma. El visionario combate el sistema y la realidad cada día viviendo la realidad como debe ser, y no como es en maya, en la apariencia de las representaciones de la Voluntad schopenhauriana. Y esto también nos llevaría a la alquimia del verbo de Rimbaud. Las palabras cambian el mundo porque el pensamiento (el verbo de Dios) es el fundamento del mundo. Fijémonos también en que las películas antisistema que hemos reseñado ultimamente muestran simplemente la corrupción y la miseria del capitalismo anglosionista, pero Francis Ford Coppola acaricia su anhelada gran obra final sabiendo que, entre sátira e ironía, está expresando un evangelio, una luz dorada de esperanza verdadera y real en la que los artistas y los filósofos son los que gobiernan el mundo, y no los mercaderes tecnócratas, como sucede en el mundo presente. Y es más: la ciudad dorada ya está aquí, el hombre nuevo ya ha nacido, y la podemos contemplar y vivir con los ojos de la Fe y del alma.
El paralelismo entre Cesar Catilina y Adolf Hitler es evidente, especialmente en ese recorrido que va desde el arte a la política. Cabe recordar aquí el pasaje del libro de August Kubizek en el cual el mesianismo de Hitler se revela tras asistir a la ópera Rienzi de Wagner. Como apóstol y como enviado de los "dioses", el líder político tiene la misión de salvar a su pueblo, pero, por una parte, si el visionario pretende realizar políticamente su visión, solo puede llevar a la guerra y al desastre, como le sucedió a Hitler, porque el que rompe la baraja inevitablemente colisiona violentamente contra el mundo establecido. Para evitar esto, hay que vivir conforme al deber ser sin necesidad de forzar acontecimientos más allá de la batalla cultural, y eso también es una forma de detener el tiempo. Así que, se quiera reconocer o no, lo haya querido hacer o no, en el personaje de Cesar Catilina, Coppola homenajea en cierto sentido a Adolf Hitler (ya lo hizo con el coronel Kurtz en Apocalypse Now), pero poniendo todos los matices: el diálogo (poder de la palabra) y la empatía que vayan por delante de toda impulsividad destructiva, y asegurarse que la visión del visionario responda verdaderamente a un Ser - a una felicidad - compartida por todo el pueblo. Coppola, acariciando la verdad sin complejos frente a los anglosionistas, es consciente de que su Cesar Catilina tiene muchisimo que ver con los líderes totalitarios europeos del siglo XX, simplemente quiere asegurarse de que la generación actual no vuelva a cometer los mismos errores.
Cesar Catilina, para terminar, es la encarnación final de esa figura mesiánica que recorre buena parte de la filmografía de Coppola, el transmisor de un mensaje de liberación ante un mundo prisionero de lo mundano, el chico de la moto en Rumble Fish, Pony Boy-Jonnie Cade en The outsiders, o el mismo general Kurtz, figuras que traen un apocalipsis de fuego y sangre, no siempre literal, no siempre en sentido bélico, pero siempre como metáfora de algo - por ejemplo, Ponyboy Curtis y Jonnie Cade contemplando el rojo dorado del amanecer o la puesta de sol era su forma de presenciar la ciudad dorada, o la imagen del mar ante el cual se recorta el perfil de un Rusty James liberado al final del recorrido en Rumble Fish - como en este caso tenemos una fábula en la que los personajes y los escenarios expresan ideas filosóficas que pueden aplicarse a diferentes momentos o ciclos de la historia de occidente, poco o nada que ver con los acontecimientos políticos más inmediatos y vulgares, porque ni Elon Musk ni Donald Trump tienen su representación en una película que apunta hacia perfiles e ideas más benignas, trascendentes y universales.