martes, 28 de julio de 2026

La chica Ideal

 


La mejor chica celestial de aquella década, encarnación de una feminidad exclusivamente inocente, dorada, pura y bondadosa, enfrentada a las brujas de este mundo corrupto, más la excitante partitura de Jerry Goldsmith. Una fantasía completa, de lejanos planetas a las regiones fantasmales del universo, de princesas y príncipes enamorados, y castillos, y fortalezas donde habita la hechicera. Por encima de todo, la bondad y la belleza vindicadas frente a las perversiones del mundo actual. Todo eso significa SUPERGIRL. No tiene la perfección del guión del Superman de Richard Donner, pero con todo lo que tiene y lo que ofrece es casi una película perfecta que ha sido muy mal valorada.




La Espada que no renace


En la historia de la cultura, ya sea la literatura, la música, el teatro, el deporte o las producciones televisivas, cíclicamente aparecen obras que marcan un comienzo, o bien un final. La cultura popular está repleta de hitos de esa clase, y debemos considerar ahora que el estreno de Masters del Universo (2026), en principio, indicaba que estábamos en un momento muy parecido al año 1999, cuando el mundo esperaba con ansias el estreno de La Amenaza Fantasma, primer episodio de la saga Star Wars. Tras la apática y deprimente década de los noventa, La Amenaza Fantasma supuso el retorno del cine de mitología, del sentido del cine como rito, y oportunidad de transformación espiritual, de experiencia religiosa en el sentido de reconectarnos con esos arquetipos de la Tradición, empresa nada fácil si tenemos en cuenta que el cine, por encima de rito, acto comunitario y experienca religiosa, sigue siendo una mera operación comercial con implicaciones de más o menos peso en el ámbito de la moda y del imaginario colectivo. El caso es que, además de El Ataque de los Clones y La Venganza de los Sith, luego vino la adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos de Tolkien, las secuelas de Matrix, y la saga de Harry Potter, contenedora de una mitología que es pura esencia europea y, por tanto, española. Fue una época muy importante en la formación espiritual de toda una generación que, además de la mera operación de consumo comercial, en mayor o menor medida supo experienciar el cine vivido en la gran pantalla como un rito, aprovechando que ese tipo de películas que ponen el énfasis en la lucha del bien contra el mal orientan la mente del espectador hacia los valores eternos. La Amenaza Fantasma, en definitiva, fue la señal de que había llegado el momento de volver a las salas de cine con el entusiasmo de antaño. Ahora, Masters del Universo (2026), suponía algo semejante para una generación que ya anda rondando la cincuentena, que hace muchos años que había decidido que, salvo excepciones muy excepcionales, nunca más pisaría una sala de cine, y que había perdido la fe en que ese cine popular y transmisor de verdaderos valores  pudiera renacer de alguna manera, y que pudiera no solo atraer a los que rondan la cincuentena, sino a las nuevas generaciones de niños y jóvenes, a nuestros hijos.  Después de las predicciones leídas y de la campaña publicitaria, parecía que estábamos ante el comienzo de una nueva era en la que la gran sala de cine entendida como templo y no como parte de un centro comercial, la espada y brujería, la epopeya del héroe, la Jerusalén celestial donde la antigüedad y la tecnología conviven en armonía, la representación del hombre daimónico y la cultura de la Espada volverían a triunfar en el ámbito de la cultura popular, pero ha sido un fracaso absoluto. Algunos se consuelan viendo el supuesto éxito que está teniendo en el streaming, pero el consumo doméstico o privado-familiar no tiene el mismo valor que el acontecimiento público y popular vivido en una sala de cine. Sin experiencia comunitaria, no hay comunidad, ni tampoco Nación. En todo caso, todo lo vivido desde 1999 hasta el 2010 tampoco sirvió para mucho, visto lo visto. 

Habrá tiempo para hablar sobre Masters del Universo 2026, el inicio de una nueva trilogía, como lo fue La Amenaza Fantasma, pero ahora nos preguntamos ¿por qué el fracaso, por qué no se ha repetido lo de 1999?.  La película lo tenía todo a favor: una vuelta al espíritu del cine de los ochenta, una banda sonora estratosférica bajo el sello de Queen y de Brian May, un viaje del héroe que va desde la debilidad hacia la Fuerza, y posee la habilidad de trasladar sus elementos mitológicos y fantásticos, con sentido del humor y agilidad, al ámbito de nuestros problemas y miserias cotidianas y reales. Si no existiera Guardianes de la Galaxia, similares y todo lo de la Marvel, nadie dudaría en calificarla de obra maestra de la ciencia ficción y la fantasía. Pero es que la película es la culminación de todo eso, y de otras cosas que ya arrancaron en los ochenta (piénsese en Krull, por ejemplo) y que no encontraron su esplendor.

  Hay una razón evidente: Masters del Universo es, hoy en día, totalmente anacrónica. Ha llegado demasiado tarde. Rondar los cincuenta, por otro lado, supone perder la fe en las cosas del mundo, ya cuesta mucho más ir a la sala de cine.  En 1999, los que llenamos las salas de cine, los que habíamos crecido en los ochenta bajo la influencia mística y espiritual de Star Wars, todavía éramos unos veinteañeros con toda la vida por delante, y los niños y adolescentes de entonces no eran los niños y adolescentes post-pandemia de ahora. Todo se va al nicho. La sala de cine entendida como templo para la comunidad de valores ha muerto. Siempre nos queda la fantasía como arma contra la implacable realidad socio-política. Pero, como le sucede al príncipe Adam en un determinado momento de la película, algún día el mundo sabrá que decíamos la verdad, que Eternia "existe", y que la vida es mucho más de lo que nos han hecho creer.  


viernes, 17 de julio de 2026

El bautismo del escorpión

 

Sin Dios, el totalitarismo no es más que técnica y adoctrinamiento para un control opresivo y opresor. Dolph Lundgren interpreta a un soldado soviético que, encarnando la absoluta rectitud en la conducta y en la actitud, no deja de ser alguien fabricado para oprimir y servir al aparato estatal soviético, pero en su odisea conocerá, por un lado, el contrapunto liberal del yanqui que a su vez será completado con el sentir nacional de un líder territorial africano. Ese camino de transformación, que en ningún caso elimina estadios del ser precedentes, sino que los redefine bajo una nueva cosmovisión, tiene una secuencia principal y resolutoria durante el periplo en el abrasador desierto, donde recibe el bautismo del escorpión, símbolo de un esencial vínculo con la tierra y el territorio que hasta entonces le era desconocido. La tecnocracia crea robots, la naturaleza nos hace retornar a la esencia de la vida ancestral, siendo el territorio africano un perfecto paradigma para esa vuelta a la naturaleza y a la tribu. Finalmente, cuando ese cuerpo colectivo que es la Nación grita: Dios con nosotros, partiendo de la tribu, y de la tierra más inhóspita, hacia el estado entendido como un medio y no como un fin, entonces es cuando el guerrero sirve a una comunidad de sangre y de tierra, a la vida misma de los pueblos, y no a los tecnócratas.    

martes, 9 de junio de 2026

La mafia es una excelente metáfora

 


                       No es algo personal, son negocios


Podemos considerar que existen, en la trilogía de El Padrino (1972) dirigida por Coppola, al menos tres niveles de lectura. El primero y el más evidente referido al mundo de la mafia y sus códigos acerca del honor, el valor y la lealtad, convirtiéndose en una justificación del uso de la violencia en función de unos intereses. El segundo, y haciendo una abstracción a partir del primero, referido a una obra épica sobre el valor de la Familia, la camaradería y el compromiso con el grupo o con la comunidad. Y el tercero nos lleva a entender la película como velada representación de una comunidad que vive radicalmente el valor de la sangre como si todo formara parte de una liturgia religiosa llevada a cierta forma de fanatismo y posiciones extremas donde el individuo queda subordinado al interés o la empresa colectiva, como sucede en el funcionamiento interno de grupos religiosos, grupos de élite económica o empresarial, paramilitares, o cualquier otra forma de sociedad paralela que pueda constituirse. Aunque, quizás, ningún otro gesto encierra una lección tan clara y valiosa sobre la abnegación y la humildad como el de besar la mano del que manda, entendiendo siempre la vida como recital de temor y respeto ante un universo donde la Jerarquía es ley natural y divina. 

  Es el personaje de Michael, interpretado por Al Pacino, el que encarna todas las paradojas y dobles sentidos de la trilogía, lo que en cierta forma la convierte en una trilogía demoniaca. Michael, según se mire, es ángel o demonio. Administrador de la espada de justicia o criminal manipulador. Los momentos clave son aquellos en los que Michael, ante el párroco de la iglesia, confiesa a Cristo y declara su rechazo a Satanás, mientras en paralelo se van sucediendo las sangrientas ejecuciones ordenadas por él mismo. Todo forma parte de un ritual que puede ser interpretado de dos formas: representación de actos de justicia, o crimen sin más.  En todo caso, la lección moral que prevalece al final de la película es que la traición, en sus diversas formas, como el pecado, ha de tener consecuencias y nadie se va de rositas. Cristo, cuando mojaba el pan de la mesa antes de que Judas hiciera lo propio, conocía al traidor y lo perdonaba. Pero, al traidor, dijo el Señor, "más le valdría no haber nacido" (Mateo 26:24). 

lunes, 25 de mayo de 2026

El testamento y evangelio final de Coppola




                         Nostalgia de la Ciudad Dorada del futuro/ Esperanza en las voces del pasado


Si el ser humano, como ente objetivable, vive preso del tiempo, aquellos que sean capaces de detener el tiempo serán liberados y podrán contemplar el mundo desde una perspectiva ultramundana. Eso sólo lo logran los visionarios, es decir, líderes que pueden escuchar la "voz de los dioses", portadores del fuego de Prometeo, apóstoles de la Verdad o servidores de Dios. Tales visionarios irrumpen en la historia cuando la corrupción, la idolatría y la decadencia moral imperan en sociedades que requieren un cambio profundo, y saben mirar al futuro desde la Tradición de los ancestros. Ahora bien, César Catilina (Adam Driver) sueña siendo parte de lo mundano y de la hipnosis ejercida por Venus, la "diosa" encarnada en mujeres perversas o en las distintas drogas, en este caso la prostituta de Wall Street, ante la cual se aparta inspirado por su misión; la creación de un nuevo mundo, del cual Megalópolis es el primer brote esperando a florecer y ocupar el espacio y el tiempo de Babilonia de cara a un nuevo Tiempo. No en balde, el megalón, que en la película aparece definido como material tecnológico imperecedero, representa el tejido de la Eternidad empezando a ser parte constituyente del mundo presente. No sólo construye una nueva y diferente ciudad, sino una nueva conciencia y una nueva forma de vivir. Parece que pocos se dan cuenta de que no estamos ante una distopía al uso, sino de una conquista de la misma para la edificación de la Jerusalén celestial, la ciudad de Dios, la ciudad dorada, el mundo utópico donde la humanidad vivirá para crecer en cuerpo y en espíritu, para la cultura y la expansión de la Conciencia, una ciudad donde reina la perfecta armonía entre naturaleza (bastante inspirada en el planeta Pandora que vemos en Avatar), creación artística y tecnología.

 Y ¿cómo hacer para que el tejido de la eternidad pueda invadir la realidad presente?. La película nos refiere a dos fundamentos básicos: el respeto a la tradición, al matrimonio que nos salva de la Venus perversa, y a la unión con la Eva de turno, la mujer junto a la cual detener el tiempo y entrar en el Jardín del Edén, el cual, ante las resistencias sociopolíticas y culturales del mundo presente, solo puede ser contemplado (materializado) con los ojos del alma. El visionario combate el sistema y la realidad cada día viviendo la realidad como debe ser, y no como es en maya, en la apariencia de las representaciones de la Voluntad schopenhauriana. Y esto también nos llevaría a la alquimia del verbo de Rimbaud. Las palabras cambian el mundo porque el pensamiento (el verbo de Dios) es el fundamento del mundo. Fijémonos también en que las películas antisistema que hemos reseñado ultimamente muestran simplemente la corrupción y la miseria del capitalismo anglosionista, pero Francis Ford Coppola acaricia su anhelada gran obra final sabiendo que, entre sátira e ironía, está expresando un evangelio, una luz dorada de esperanza verdadera y real en la que los artistas y los filósofos son los que gobiernan el mundo, y no los mercaderes tecnócratas, como sucede en el mundo presente.  Y es más: la ciudad dorada ya está aquí, el hombre nuevo ya ha nacido, y la podemos contemplar y vivir con los ojos de la Fe y del alma.

El paralelismo entre Cesar Catilina y Adolf Hitler es evidente, especialmente en ese recorrido que va desde el arte a la política. Cabe recordar aquí el pasaje del libro de August Kubizek en el cual el mesianismo de Hitler se revela tras asistir a la ópera Rienzi de Wagner. Como apóstol y como enviado de los "dioses", el líder político tiene la misión de salvar a su pueblo, pero, por una parte, si el visionario pretende realizar políticamente su visión, solo puede llevar a la guerra y al desastre, como le sucedió a Hitler, porque el que rompe la baraja inevitablemente colisiona violentamente contra el mundo establecido. Para evitar esto, hay que vivir conforme al deber ser sin necesidad de forzar acontecimientos más allá de la batalla cultural, y eso también es una forma de detener el tiempo. Así que, se quiera reconocer o no, lo haya querido hacer o no, en el personaje de Cesar Catilina, Coppola homenajea en cierto sentido a Adolf Hitler (ya lo hizo con el coronel Kurtz en Apocalypse Now), pero poniendo todos los matices: el diálogo (poder de la palabra) y la empatía que vayan por delante de toda impulsividad destructiva, y asegurarse que la visión del visionario responda verdaderamente a un Ser - a una felicidad - compartida por todo el pueblo. Coppola, acariciando la verdad sin complejos frente a los anglosionistas, es consciente de que su Cesar Catilina tiene muchisimo que ver con los líderes totalitarios europeos del siglo XX, simplemente quiere asegurarse de que la generación actual no vuelva a cometer los mismos errores. 

Cesar Catilina, para terminar, es la encarnación final de esa figura mesiánica que recorre buena parte de la filmografía de Coppola, el transmisor de un mensaje de liberación ante un mundo prisionero de lo mundano, el chico de la moto en Rumble Fish, Pony Boy-Jonnie Cade en The outsiders, o el mismo general Kurtz, figuras que traen un apocalipsis de fuego y sangre, no siempre literal, no siempre en sentido bélico, pero siempre como metáfora de algo - por ejemplo, Ponyboy Curtis y Jonnie Cade contemplando el rojo dorado del amanecer o la puesta de sol era su forma de presenciar la ciudad dorada, o la imagen del mar ante el cual se recorta el perfil de un Rusty James liberado al final del recorrido en Rumble Fish - como en este caso tenemos una fábula en la que los personajes y los escenarios expresan ideas filosóficas que pueden aplicarse a diferentes momentos o ciclos de la historia de occidente, poco o nada que ver con los acontecimientos políticos más inmediatos y vulgares, porque ni Elon Musk ni Donald Trump tienen su representación en una película que apunta hacia perfiles e ideas más benignas, trascendentes y universales. 




  



martes, 13 de enero de 2026

Cómo Stanley Kubrick denunció la perversión anglo liberal

 


No nos puede caber ninguna duda respecto a que El Resplandor es el cuento macabro invernal por excelencia, proporcionado por el séptimo arte. Lo tiene todo: la mansión o castillo encantado en las montañas, la familia, y el triunfo final de la inocencia sobre la degeneración liberal y opresora encarnada en Jack Torrance.  Lo que da miedo es la locura real, independientemente de si dicha locura está inspirada o no por entidades demoniacas, y es interesante mirar al subtexto de la película, donde lo verdaderamente terrorífico es la pederastia de un padre hacia su propio hijo, por eso las notas musicales y sonoras del inicio ( obra de Béla Bartók ) no hacen más que advertir del horror absoluto que se va a representar de forma velada por medio de subterfugios.

Y hay más, mucho más. Una denuncia al imperialismo yanqui profanador de tierras y tumbas pertenecientes a los nativos, un señalamiento directo a los poderosos del mundo (políticos, magnates y demás gente de la élite) cuyos crímenes permanecen en la sombra, y una denuncia directa a la bandera yanqui, ubicada en el despacho del director del Hotel Overlook, el hotel que encarna la arquitectura de la demencia de aquellos que se rigen por el principio del placer. 



Para comprender mejor esta lectura del subtexto de la película, ver vídeo: https://www.youtube.com/watch?v=kN8VbrflRd0&t=2s

lunes, 22 de diciembre de 2025

"Esa es mi chica, ese es mi chico"

 



Aprendiendo a ser ángeles de la mano de Steven Spielberg, en una película para la navidad, tanto como ¡Qué bello es vivir!, u otras más reconocidas. Partiendo de una relación de amor "verdadero", desde un plano puramente humano en el que el amor se entiende como relación de dependencia mutua, como apego y como una cierta posesividad, la película nos va instruyendo de cara a saber amar como lo hacen los ángeles, es decir, de forma incondicional y desinteresada, desde la cercanía o desde la distancia. Utilizando la fábula de la vida después de la muerte, nos presenta a un personaje central que no sabe desprenderse de una vida ya pasada y de una persona que ya no podrá estar con él ni él podrá estar con ella. En principio eso le perturba el ánimo, pero progresivamente irá aprendiendo a estar ahí, como lo hace nuestro ángel de la guarda, desde la distancia porque ya no hacemos falta en vidas ajenas, y desde un amor eterno que no necesita recibir nada, sino tan solo dar. La frase final de Richard Dreyfuss lo dice todo: "Esa es mi chica, ese es mi chico", aludiendo a todas esas personas que pueden haber pasado por nuestra vida, que un día estuvieron pero luego se alejaron por las circunstancias o razones que sean, y que incluso viendo como se alejan y viendo como ya no jugamos ningún papel en sus vidas, podemos seguir amándolas a pesar de cualquier barrera, distancia o disconformidad. El amor y la amistad son Para Siempre, porque incluso no hay forma más elevada de amar a una persona que alejándote de ella por el bien de ella. Feliz Navidad.