No es algo personal, son negocios
Podemos considerar que existen, en la trilogía de El Padrino (1972) dirigida por Coppola, al menos tres niveles de lectura. El primero y el más evidente referido al mundo de la mafia y sus códigos acerca del honor, el valor y la lealtad, convirtiéndose en una justificación del uso de la violencia en función de unos intereses. El segundo, y haciendo una abstracción a partir del primero, referido a una obra épica sobre el valor de la Familia, la camaradería y el compromiso con el grupo o con la comunidad. Y el tercero nos lleva a entender la película como velada representación de una comunidad que vive radicalmente el valor de la sangre como si todo formara parte de una liturgia religiosa llevada a cierta forma de fanatismo y posiciones extremas donde el individuo queda subordinado al interés o la empresa colectiva, como sucede en el funcionamiento interno de grupos religiosos, grupos de élite económica o empresarial, paramilitares, o cualquier otra forma de sociedad paralela que pueda constituirse. Aunque, quizás, ningún otro gesto encierra una lección tan clara y valiosa sobre la abnegación y la humildad como el de besar la mano del que manda, entendiendo siempre la vida como recital de temor y respeto ante un universo donde la Jerarquía es ley natural y divina.
Es el personaje de Michael, interpretado por Al Pacino, el que encarna todas las paradojas y dobles sentidos de la trilogía, lo que en cierta forma la convierte en una trilogía demoniaca. Michael, según se mire, es ángel o demonio. Administrador de la espada de justicia o criminal manipulador. Los momentos clave son aquellos en los que Michael, ante el párroco de la iglesia, confiesa a Cristo y declara su rechazo a Satanás, mientras en paralelo se van sucediendo las sangrientas ejecuciones ordenadas por él mismo. Todo forma parte de un ritual que puede ser interpretado de dos formas: representación de actos de justicia, o crimen sin más. En todo caso, la lección moral que prevalece al final de la película es que la traición, en sus diversas formas, como el pecado, ha de tener consecuencias y nadie se va de rositas. Cristo, cuando mojaba el pan de la mesa antes de que Judas hiciera lo propio, conocía al traidor y lo perdonaba. Pero, al traidor, dijo el Señor, "más le valdría no haber nacido" (Mateo 26:24).
No hay comentarios:
Publicar un comentario