En la historia de la cultura, ya sea la literatura, la música, el teatro, el deporte o las producciones televisivas, cíclicamente aparecen obras que marcan un comienzo, o bien un final. La cultura popular está repleta de hitos de esa clase, y debemos considerar ahora que el estreno de Masters del Universo (2026), en principio, indicaba que estábamos en un momento muy parecido al año 1999, cuando el mundo esperaba con ansias el estreno de La Amenaza Fantasma, primer episodio de la saga Star Wars. Tras la apática y deprimente década de los noventa, La Amenaza Fantasma supuso el retorno del cine de mitología, del sentido del cine como rito, y oportunidad de transformación espiritual, de experiencia religiosa en el sentido de reconectarnos con esos arquetipos de la Tradición, empresa nada fácil si tenemos en cuenta que el cine, por encima de rito, acto comunitario y experienca religiosa, sigue siendo una mera operación comercial con implicaciones de más o menos peso en el ámbito de la moda y del imaginario colectivo. El caso es que, además de El Ataque de los Clones y La Venganza de los Sith, luego vino la adaptación cinematográfica de El Señor de los Anillos de Tolkien, las secuelas de Matrix, y la saga de Harry Potter, contenedora de una mitología que es pura esencia europea y, por tanto, española. Fue una época muy importante en la formación espiritual de toda una generación que, además de la mera operación de consumo comercial, en mayor o menor medida supo experienciar el cine vivido en la gran pantalla como un rito, aprovechando que ese tipo de películas que ponen el énfasis en la lucha del bien contra el mal orientan la mente del espectador hacia los valores eternos. La Amenaza Fantasma, en definitiva, fue la señal de que había llegado el momento de volver a las salas de cine con el entusiasmo de antaño. Ahora, Masters del Universo (2026), suponía algo semejante para una generación que ya anda rondando la cincuentena, que hace muchos años que había decidido que, salvo excepciones muy excepcionales, nunca más pisaría una sala de cine, y que había perdido la fe en que ese cine popular y transmisor de verdaderos valores pudiera renacer de alguna manera, y que pudiera no solo atraer a los que rondan la cincuentena, sino a las nuevas generaciones de niños y jóvenes, a nuestros hijos. Después de las predicciones leídas y de la campaña publicitaria, parecía que estábamos ante el comienzo de una nueva era en la que la gran sala de cine entendida como templo y no como parte de un centro comercial, la espada y brujería, la epopeya del héroe, la Jerusalén celestial donde la antigüedad y la tecnología conviven en armonía, la representación del hombre daimónico y la cultura de la Espada volverían a triunfar en el ámbito de la cultura popular, pero ha sido un fracaso absoluto. Algunos se consuelan viendo el supuesto éxito que está teniendo en el streaming, pero el consumo doméstico o privado-familiar no tiene el mismo valor que el acontecimiento público y popular vivido en una sala de cine. Sin experiencia comunitaria, no hay comunidad, ni tampoco Nación. En todo caso, todo lo vivido desde 1999 hasta el 2010 tampoco sirvió para mucho, visto lo visto.
Habrá tiempo para hablar sobre Masters del Universo 2026, el inicio de una nueva trilogía, como lo fue La Amenaza Fantasma, pero ahora nos preguntamos ¿por qué el fracaso, por qué no se ha repetido lo de 1999?. La película lo tenía todo a favor: una vuelta al espíritu del cine de los ochenta, una banda sonora estratosférica bajo el sello de Queen y de Brian May, un viaje del héroe que va desde la debilidad hacia la Fuerza, y posee la habilidad de trasladar sus elementos mitológicos y fantásticos, con sentido del humor y agilidad, al ámbito de nuestros problemas y miserias cotidianas y reales. Si no existiera Guardianes de la Galaxia, similares y todo lo de la Marvel, nadie dudaría en calificarla de obra maestra de la ciencia ficción y la fantasía. Pero es que la película es la culminación de todo eso, y de otras cosas que ya arrancaron en los ochenta (piénsese en Krull, por ejemplo) y que no encontraron su esplendor.
Hay una razón evidente: Masters del Universo es, hoy en día, totalmente anacrónica. Ha llegado demasiado tarde. Rondar los cincuenta, por otro lado, supone perder la fe en las cosas del mundo, ya cuesta mucho más ir a la sala de cine. En 1999, los que llenamos las salas de cine, los que habíamos crecido en los ochenta bajo la influencia mística y espiritual de Star Wars, todavía éramos unos veinteañeros con toda la vida por delante, y los niños y adolescentes de entonces no eran los niños y adolescentes post-pandemia de ahora. Todo se va al nicho. La sala de cine entendida como templo para la comunidad de valores ha muerto. Siempre nos queda la fantasía como arma contra la implacable realidad socio-política. Pero, como le sucede al príncipe Adam en un determinado momento de la película, algún día el mundo sabrá que decíamos la verdad, que Eternia "existe", y que la vida es mucho más de lo que nos han hecho creer.
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